Si no sabe

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Si no sabe no te meta

El dia en que Rajmàninov me salvó la vida

El pomo de la puerta resbaló en mi mano; No sé si fue mi sangre, o mi sudor, lo que convirtió esa pieza de metal en algo viscoso. Finalmente giró y me lancé sobre la habitación con el típico hormigueo en la nuca del que sabe que va a recibir un golpe de forma inminente. La habitación inerte dejaba pasar tenúes rayos mates, reflejos de una gran luna que había observado en las últimas horas un horror indescriptible. El suelo era de madera crujiente y en cada paso podía notar algo húmedo rezumando entre el parqué. No me hizo falta mirar, sabía el color de aquello que se filtraba entre las tablas. Un gran piano de cola negro presidía la sala, las teclas marfil como dientes resaltaban entre toda esa penumbra, parecían sonreir con ironía. Me tiré hacia la esquina , tras un sofá desgastado, de un extraño rojo que escapaba a mi escaso espectro de colores cuyo nombre sé. Justo al caer pude escucharlos de nuevo. Me habían seguido. Joder, aquí no tenía margen. Mirando hacia el quicio de la puerta los vi desfilar hacia la habitación. Eran al menos tres.
El primero de ellos era alto, con dos grandes heridas que recorrian su torso y dejaban al descubierto parte de sus vísceras. La parte superior izquierda de su cara había desaparecido, y su piel, gris y venosa, se había retraído dejando las uñas más al descubierto, como garras animales. Tras él le seguía una niña, de unos 10 años, sin uno de los brazos. Fue ella quien casi consigue morderme al entrar al edificio, ya que no fui capaz de golpearla. Junto a ella apareció un hombre, con una sotana desgarrada. Podía ver su tórax hundido y juraría que tenía marcas de neumático en su cara, la cual era una masa desordenada. Sabían que yo estaba allí, querían su dosis y yo era heroína pura.
La habitación no tenía objetos con los que defenderme, apenas una vieja silla ya lejos de mi alcance, y no veía otra salida en esa boca de lobo de dientes blancos y negros. El alto, de forma torpe y pausada, arrastraba su pie izquierdo y el muñon del derecho hacia mí, haciendo un ruído que me recordaba al de los palos de helado de madera rozándome entre los dientes. Avanzaba como siguiendo el rastro de mis heridas, parecía disociado con el olor de mi sangre. Los otros dos monstruos, ya dentro de la habitación, le seguían de cerca. De pronto, el accidental líder tropezó con la silla y cayó sobre el piano, sonando desordenado y potente, como un dragón que despierta. Lo que quedaba de su rostro cambió, y… joder… parecia tener una expresión casi humana, algo quedaba de lo que poco antes fue. Se incorporó sobre esa caja negra llena de notas, y se sentó sobre la silla. Sus afilados dedos tocaron de nuevo las teclas, y su único pie golpeaba el pedal como si fuera un tic.
El sonido que escupía el piano comenzó poco poco a ser más complejo. Las enormes manos de ese ser presionaban esas llaves negras y blancas cada vez con más fuerza… y yo sabía qué era lo que estaba sonando. Mis gustos con la música de carretera no eran convencionales, y pude reconocer aquello que de pronto paralizó a los otros dos nuevos reyes del planeta. El Opus 16 de Rajmáninov retumbaba en esa sala, parecía inundar cada milimetro de ese ataúd de 20 metros cuadrados, mi ataúd. La música sonaba, y la expresión vacía de ese ser de pronto parecía triste. Si no fuera por el amasijo de fluidos y heridas que mapeaban su cara juraria que podría llorar. La escena era subrealista, con dos monstruos y un gilipoyas contemplando a esa cosa tocando con precisión aquella obra maestra. No pude moverme, ni siquiera pensé en correr. Sabía que estaba contemplando algo bizarro, extrañamente bello, y atrapaba a mi instinto de supervivencia…
Tras varios minutos en ese estado onírico, en el punto más intenso de la obra uno de sus dedos quebró, el que golpeó la tecla más aguda. Los otros le siguieron, conviritiendo la imagen en un espectáculo de falanges y fluidos que salpicaban el piano. Las teclas blancas, ahora cubiertas de cuajarones de sangre oscura, perdieron su armonía. El sonido era caótico y poco a poco se fue apagando. Su cara perdió la extraña mueca melancólica que creía haber descubierto, y un gruñido nació desde su garganta. Tirando la silla incorporó sus casi dos metros y pareció oler el aire. Su cara se giró hacia mí, y los otros dos parecieron salir del extraño trance que había contemplado. Los dientes del piano ya no estaban, pero sí podía ver los de esos seres, en aquellas bocas sin labios. Su saliva semisólida unía las filas superiores con las inferiores, en un efecto grotesco. De nuevo arrastraban sus cuerpos muertos hacia mí…
Si puedo escribir esto sabéis que sobreviví. El cómo lo hice y el hecho de seguir vivo ahora me parecen una broma macabra. Pero ésa ya es otra historia…

Salvador Ruiz Murugarren.
Mi pequeño homenaje a Loureiro, un escritor que me ha dado muy buenos malos ratos.

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This entry was published on January 24, 2013 at 6:39 pm and is filed under Posters, Uncategorized. Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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