stop

Stop

Los galgos son poetas emboscados en el viento, que doblan las esquinas en silencio, deslizándose como un brazo de agua escapado de una acequia. Los galgos son poetas que se recortan contra la luna, componiendo siluetas inauditas. Los galgos encabalgan las palabras o saltan por encima de ellas, sorteando las tildes, tan arrogantes e inflexibles. La tilde es una señora ridícula que se clava en las palabras como una espina. Los galgos perturban su rutina, lanzándola al viento, que juega con ella hasta que se aburre y la deja sobre un tejado, donde se confunde con una ramita. A veces, acaba en un nido. Allí recibe lecciones de humildad y acepta su dolorosa intrascendencia. Las pisadas de los galgos no dejan huella. Son veloces, aladas, casi etéreas. No les afecta la gravedad ni la dureza de la piedra. Los galgos aceleran el movimiento de rotación de la tierra, cuando la locura se apodera de ellos. Los ojos apenas pueden seguir su vertiginosa galopada, pero gracias a sus carreras escuchamos la música de las esferas.

Los hombres que ahorcan a los galgos perdieron su alma hace mucho tiempo. En realidad, su alma huyó espantada cuando descubrió que sus manos codiciaban la sangre ajena. Los hombres que ahorcan a los galgos esconden sus ojos detrás de gafas oscuras, pues los ojos les delatan. Sólo hace falta mirarlos para comprender que detrás no hay nada. Los hombres que ahorcan a los galgos son los mismos que fusilaron a García Lorca. No les importó desarraigar de nuestro suelo a un poeta que dormía entre camelias blancas y lloraba como el agua. No les importó enterrarlo en una fosa sin nombre, con los ojos abiertos y una mueca de espanto. Los hombres que ahorcan a los galgos apenas hablan. No les gustan las palabras. No les gusta justificar sus actos ni manifestar sus afectos. Dejan un rastro de dolor y miedo. Se ríen de los poetas que pasan noches en vela, intentando hallar un verso para finalizar un soneto. Se ríen de los insensatos que anhelan un futuro sin bombas ni ruinas negras. Se ríen de las promesas que nos hicieron de niños, asegurándonos que la eternidad apacigua a la muerte, evitando que caigamos en el olvido.

Rafael Narbona

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This entry was published on June 24, 2013 at 1:13 am and is filed under Outdoors. Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.